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Esta
reflexión surge a partir del
fallecimiento del Papa Juan Pablo
II, pues en la universidad a la que
asisto, se le rinció un homenaje
y el sacerdote que celebraba citó
algunas palabras del Sumo Pontífice
sobre la cultura, que deseo compartir
con ustedes:
"El fin de la cultura es dar
al hombre, una perfección,
una expansión de sus potencialidades
naturales. Es cultura aquello que
impulsa al hombre a respetar más
a sus semejantes, a ocuparnos mejor
de su tiempo libre, a trabajar con
un sentido más humano, a gozar
de la belleza y amor a su Creador.
La cultura gana en calidad, en contenido
humano, cuando se pone al servicio
de la verdad, del bien, de la belleza,
de la libertad, cuando contribuye
a servir armoniosamente, con sentido
de orden y de unidad, toda la constelación
de los valores humanos".
Estas palabras me hicieron reflexionar
sobre la actualidad y el sentido de
la educación, materia en la
que incursioné durante mis
cinco años de estudio. Es así
como me nace el siguiente análisis:
Vivimos hace algunas décadas
una revolución científico-tecnológica,
que si bien es un fenómeno
en sí positivo, fue acompañado
a su vez por otro no tan positivo,
como es, el empobrecimiento de la
humanidad. Una humanidad que parece
haber olvidado los valores verdaderamente
humanos. De hecho observamos a diario
mucha violencia, intolerancia, falta
de respeto, en fin una realidad en
la que reinan el egoísmo y
el odio. Esta situación me
llena de tristeza y desesperanza ya
que soy a la vez mamá de una
niña muy pequeña y no
me gustaría que crezca en un
ambiente social de estas características.
Es por esto que desde mi humilde lugar,
como esposa, madre y futura Psicopedagoga,
invito a todos ustedes a reflexionar
juntos sobre la educación y
la paz necesarias para modificar el
presente y posibilitar así
un futuro mejor a nuestros niños.
La acción educativa, es una
relación que nace nace en la
familia, es ante todo una relación
de AMOR. Todos los educadores (padres,
maestros) deberíamos revalorizar
la persona de los alumnos, su dignidad
y su fin trascendental.
Educar significa ayudar a conducir
al educando a conquistar aquella capacidad
de acción, mediante las cuales
podrá obrar en forma de merecer
su felicidad en Dios. Dios es el término
y el fin tanto del educando como del
educador. Educar es una vocación
de servicio;como la de Jesús,
quien sirvió a sus discípulos,
aceptando incluso dar la vida por
ellos para fuesen servidos en todas
sus necesidades.
Dijo el Papa Pío XIII: "Quien
quiera que la estrella de la Paz amanezca
y se detenga sobre la sociedad, concurra
con su esfuerzo para devolver a la
persona humana la dignidad que le
confirió Dios desde el principio".
El origen y fin esencial de la vida
social quiere ser la conservación,
el desarrollo y el perfeccionamiento
de la persona humana, ayudándola
a vivir rectamente los valores de
la religión, de la cultura,
impresas por el Creador en cada hombre
y en toda la humanidad.
Coincido con el Pontíficie
en que es sumamente necesario que
la educación sitúe al
hombre como centro, raíz y
fin de toda cultura. Para lo cual
es fundamental tener en cuenta la
persona humana desde su dimensión
integral. Es decir, atendiendo a todas
y cada una de sus potencias (biológicas,
sensoriales, psíquicas, intelectuales
y afectivas, volitivas, estéticas,
sociales, morales, cívicas
y religiosas).
Para que esto sea posible, padres
y educadores deben ser ricos donadores
de AMOR, pues es la única virtud
transformadora. Para aprender el amor,
debe haber alguien que lo sienta y
transmita verdadera y desinteresadamente.
Sólo así conseguiremos
ese bien tan preciado y anhelado como
es la PAZ. Es decir, educando con
amor, enseñando lo que es el
respeto y la solidaridad; pero educar
con la palabra y el ejemplo de nuestras
acciones. Educar responsablemente
y en libertd, tolerando las diferencias
que puedan presentarse de una persona
a otra. Enseñar vivir sin violencia.
Cultivar el diálogo, la sinceridad,
la confianza y la unión.
Martina
Collado
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