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Cincuenta días después
de la Pascua,
el Espíritu Santo, en la fiesta
judía de Pentecostés,
desciende
sobre los Apóstoles,
y la primera comunidad
de los discípulos
de Cristo, reunidos
en el Cenáculo en compañía
de María, Madre del Señor.
Se
cumple así la promesa
que Cristo les confió al partir
de este mundo para volver
al Padre. Ese día se revela
al mundo la Iglesia,
que había brotado de la muerte
y resurrección del Redentor.
Allí nace la Iglesia, el nuevo
Pueblo de Dios y
de allí parte la misión,
la defensa de la dignidad
de toda persona y de toda vida.
Pentecostés, es la fiesta
del Espíritu, la fiesta
que inaugura la vida verdadera,
el tiempo de la paz y de la gracia.
Ya
no podemos
temer, no estamos solos.
“Cuando venga el Consolador
que yo les mandaré
desde el Padre,
es el Espíritu de la Verdad
que proviene del Padre,
Él dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan
testimonio porque están
conmigo desde el principio
(Jn 15,26-27).
La venida del Espíritu Santo
sobre los apóstoles
les dió capacidad
para expresarse y hacerse
entender en todos
los idiomas superando
la confusión de Babel.
Un acontecimiento
que se renueva en nosotros,
si damos vía libre
al Espíritu
dentro nuestro.
"Todos
aquellos que se dejan
guiar por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios" (Rm
8,14).
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Imagen
del Hermano León
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