LA HORA DE LOS LAICOS



EL PAPEL DE LOS LAICOS
EN LA DEFENSA DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA

A partir sobre todo del Concilio Vaticano II, hay otra visión sobre el papel de los laicos y así como se ha ido llevando a la conciencia de los cristianos, que Iglesia somos todos los bautizados en Cristo, del mismo modo hemos de ir entendiendo, que la misión evangelizadora es una tarea que compete a todos los cristianos. Por otra parta el Papa Benedicto XVI interpela también a los fieles laicos cuando alerta frecuentemente sobre las amenazas que sufre la familia, como consecuencia del fenómeno de la secularización y la presión de leyes injustas que desconocen los derechos fundamentales. La verdad es que si observamos la realidad de nuestro país con los ojos de la Fe, veremos cómo se encuadra en la realidad descripta por el Santo Padre. Por eso es importante el despertar de todos cuantos formamos parte de la Iglesia de Jesucristo. Es la hora de los laicos.

LOS CATÓLICOS EN LA SOCIEDAD CIVIL Y POLÍTICA

Mensaje final del Primer Congreso de Evangelización de la Cultura
(Buenos Aires, noviembre de 2006)

1. El espíritu del I CONEC. "(...) Todos nos movemos por la misma motivación fundamental y tenemos los ojos puestos en el mismo objetivo: un verdadero humanismo, que reconoce en el hombre la imagen de Dios y quiere ayudarlo a realizar una vida conforme a esta dignidad" (Benedicto XVI. "Dios es amor", nº 30)
Estas palabras del Papa Benedicto XVI resumen el espíritu que nos animó a los participantes del Primer Congreso de Evangelización de la Cultura "Los Católicos en la Sociedad Civil y la Política" organizado por la Pontificia Universidad Católica Argentina; deseamos promover en conjunto un nuevo humanismo cristiano en la cultura de nuestro tiempo. En cada conferencia, panel y comisión de trabajo, vimos una permanente preocupación por un auténtico progreso del hombre y de la sociedad, como hilo conductor que atravesó y relacionó todo el Congreso. Con este espíritu, nos sentimos llamados por el Santo Padre y por nuestros Obispos a vivir nuestra fe en la vida pública a favor del hombre, de la justicia y de la verdad. Creemos que promover el despertar de un verdadero humanismo, debe ser el objetivo central de la unidad de nuestro pensamiento y de nuestra acción en la sociedad civil y en la política. Deseamos reafirmar así nuestro deber y nuestro derecho de vivir el Evangelio sirviendo a la persona humana y a la sociedad.

2. Los católicos en la vida pública. Reconocemos que una renovada presencia de los católicos en la vida pública, debe recomenzar desde la fe en Jesucristo, nuestro Maestro de comunión y servicio. Debemos tener siempre presente que "nuestra conducta social es parte integrante de nuestro seguimiento de Cristo" (Documento de Puebla, 476) y para ello necesitamos "cultivar una auténtica espiritualidad laical, que nos regenere como hombres y mujeres nuevos, inmersos en el misterio de Dios e incorporados en la sociedad (...) Es una espiritualidad que rehuye tanto el espiritualismo intimista como el activismo social" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 545), ya que según como vivamos nuestra fe, así también será nuestro testimonio en la vida pública.

3. El respeto a la persona humana. Creemos que la promoción de una nueva cultura del respeto a la persona humana en todas sus dimensiones, es el mejor aporte que los católicos podemos realizar en tiempos donde el destino de la humanidad se ha tornado muchas veces irrelevante. Vivimos una cultura que tiende a la deshumanización. Ante estos desafíos, los católicos no podemos permanecer callados o indiferentes; una vez más tenemos que reafirmar nuestra opción, nuestra pasión por la persona humana, en especial por los pobres, débiles y sufrientes, teniendo una especial atención por las nuevas formas de pobreza: "en realidad, este estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir Buena Nueva. Se llama también cristianismo" (Juan Pablo II. "Redemptor Hominis", nº 10). Creemos que es hora de volver a encarnar en la realidad aquellas palabras del Papa Pablo VI "todo lo que es humano tiene que ver con nosotros" y ello se debe traducir en un nuevo estilo de vida que promueva una cultura más humana. Hoy están plenamente vigentes las enseñanzas del Concilio Vaticano II: "es la persona humana la que hay que salvar, y es la sociedad humana la que hay que renovar" (Gaudium et Spes, nº 3)

4. La familia y la vida. También la institución familiar mereció una especial atención en las consideraciones de este Congreso. Al respecto, queremos expresar, con las palabras de Juan Pablo II en Evangelium vitae el “deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener la familia, para que también hoy -aún en medio de numerosas dificultades y de graves amenazas- ella se mantenga siempre, según el designio de Dios, como ‘santuario de la vida’”.

5. Un nuevo humanismo cristiano. La gestación de un nuevo humanismo cristiano, es la gran causa que nos debe movilizar en forma constructiva y creativa a los católicos en la sociedad civil y en la política y ello forma parte de un desafío cultural: "la recepción del mensaje de Cristo suscita así una cultura, cuyos dos constitutivos fundamentales son, a título radicalmente nuevo, la persona y el amor (...) Cristo es la fuente de la civilización del amor" (Pontificio Consejo de la Cultura. "Para una pastoral de la cultura", nº 3) Ante los desafíos del cambio de época, deseamos ser "discípulos y misioneros de Jesucristo" en la cultura de nuestro tiempo, sabiendo que "es mejor evangelizar las nuevas formas culturales en su mismo nacimiento y no cuando ya están crecidas y estabilizadas" (Documento de Puebla, 391 y 393).
Necesitamos promover una cultura más humana, porque observamos signos culturales donde muchas veces se promueve el aislamiento, el individualismo, la pasividad y la indiferencia ante el destino de la persona humana. Muchos de nuestros hermanos sienten que su propia vida no tiene sentido y no logran tener proyectos más allá del día de hoy y por ello se ha desdibujado todo proyecto comunitario. Observamos que está seriamente dañada la capacidad relacional y la dimensión trascendente y social de la persona actual y se ha perdido el sentido de la convivencia humana y del futuro común. Ellos son serios obstáculos para una plena participación en la sociedad civil y en la política que debemos contribuir a superar desde el pensamiento y la acción, y con adecuados estudios e investigaciones sobre las causas que limitan un pleno compromiso ciudadano.
Nos preocupa que la deshumanización de la cultura, pueda llevar muchas veces a la deshumanización de la política cuando se considera a las personas -especialmente a las más pobres, débiles e indefensas- como manipulables y descartables y cuando no llegan a vivir conforme a su dignidad de hijos de Dios.

6. El criterio del amor y la solidaridad. Muchas veces observamos una ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes y creemos necesario crear las condiciones culturales para disponer a la persona a la solidaridad y al servicio al prójimo: "el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana" (Benedicto XVI. "Dios es amor", nº 15). Asimismo valoramos como "fenómeno importante de nuestro tiempo el nacimiento y difusión de muchas formas de voluntariado. Esta labor tan difundida es una escuela de vida para los jóvenes que educa a la solidaridad y a estar disponibles para dar no sólo algo, sino a sí mismos" (Benedicto XVI. "Dios es amor", nº 30). Transmitir la belleza, la alegría y el lenguaje del servicio gratuito a nuestros hermanos es la mejor forma de comunicar el Evangelio en la cultura actual, especialmente a las nuevas generaciones: “se puede legítimamente pensar que la suerte de la humanidad futura se encuentra en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar” (Gaudium et Spes, nº 31)
Buscamos contribuir así a gestar una auténtica cultura cristiana, no sólo a nivel intelectual, sino sobre todo en nuestra vida práctica, proponiendo nuevas formas de pensar, de vivir y de servir centradas en la dignidad de la persona humana, misión que desde nuestra identidad católica deseamos realizar en conjunto con todos aquellos que comparten la pasión por el destino de la humanidad, en especial con las mujeres y hombres de fe de otras convicciones religiosas y de buena voluntad. En este sentido, creemos que necesitamos promover el valor de la cooperación en la cultura actual: "la cooperación, incluso en sus formas menos estructuradas, se delinea como una de las respuestas a la lógica del conflicto y de la competencia sin límites, que aparece hoy como predominante. Las relaciones que se instauran en un clima de cooperación y solidaridad superan las divisiones ideológicas, impulsando a la búsqueda de lo que une mas allá de lo que divide" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 420)

7. La evangelización de la cultura. Creemos que una renovada presencia de los católicos en la vida pública se debe dar en los escenarios donde se gesta la cultura actual: "la cultura debe constituir un campo privilegiado de presencia y de compromiso para la Iglesia y para cada uno de los cristianos (...) La fe en Jesucristo, que se definió a sí mismo «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), impulsa a los cristianos a cimentarse con empeño siempre renovado en la construcción de una cultura social y política inspirada en el Evangelio" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 554 y 555)

8. La misión de los laicos. Para promover una nueva cultura social y política inspirada en el Evangelio, creemos que es fundamental profundizar en el pensamiento y en la acción la dimensión social y política de la caridad: "la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como caridad social" (Benedicto XVI. "Dios es amor", nº 29). Expresamos aquí nuestra esperanza de que la participación de los laicos, guiados por la fe como ‘fuerza purificadora’, ponga de manifiesto su misión de ser luz y sal en las estructuras temporales. Asimismo, consideramos que necesitamos buscar nuevas formas para hacer presente y operante la doctrina social de la Iglesia, considerándola como uno de los elementos constitutivos de la Nueva Evangelización: "cuando el Magisterio de la Iglesia interviene en cuestiones inherentes a la vida social y política (...) busca instruir e iluminar la conciencia de los fieles (...) para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 571)

9. Cultivar la amistad social. Nos preocupa también el deterioro de la convivencia ciudadana, y consideramos la necesidad de gestar una nueva cultura cívica, que requiere una activa y libre participación de todos en la vida pública: "la amistad civil, es la actuación más auténtica del principio de fraternidad, que es inseparable de los de libertad e igualdad" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 390). Deseamos también promover y fortalecer nuevos espacios de sociabilidad y de convivencia fraterna: "es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 185). Valoramos el desarrollo de las redes de laicos y nos comprometemos a fortalecer y a trabajar en conjunto con las mismas, ya que expresan un nuevo fenómeno de asociatividad laical.

10. Distintas formas de la pobreza. Reconocemos que "en la raíz de la pobreza de tantos pueblos se hallan también formas diversas de indigencia cultural (...) el compromiso por la educación y la formación de la persona constituye, en todo momento, la primera solicitud de la acción social de los cristianos" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 557). Asumimos el desafio de colaborar en conjunto en la educación integral de la persona humana y de repensar creativamente la formación de nuevos dirigentes promotores del humanismo cristiano. Creemos que la inclusión social, educativa y cultural de nuestros hermanos, es uno de los grandes desafíos que debemos asumir los católicos en la vida pública: "la Iglesia recuerda a todos que la cultura se ha de relacionar con la íntegra perfección de la persona humana, con el bien de la comunidad y de la sociedad entera (...) cultivando al mismo tiempo, el sentido religioso, moral y social" (Gaudium et Spes, nº 59).

11. Acción interdisciplinar. La experiencia que vivimos en este Primer Congreso de Evangelización de la Cultura, nos hace tomar conciencia de la necesidad de contribuir a desarrollar una plena integración y articulación en nuevos espacios entre el mundo académico-educativo y el mundo sociopolítico, los complejos desafíos y la promoción de una cultura más humana, requieren de una visión y de una acción interdisciplinar de conjunto y a largo plazo: "la cultura debe considerarse como el bien común de cada pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino histórico. En concreto, solo desde dentro y a través de la cultura, la fe cristiana llega a hacerse histórica y creadora de historia" (Juan Pablo II. "Christifideles Laici, nº 44). Desarrollar nuevos espacios culturales de pensamiento y articulación interdisciplinarios que promuevan el humanismo cristiano, es uno de los desafíos que asumimos en conjunto con vistas al futuro.
Próximos a la Vº Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, deseamos poner en manos de Jesucristo los frutos de este Congreso, pidiéndole: "Danos siempre el fuego de tu Espíritu Santo, que ilumine nuestras mentes y despierte entre nosotros el deseo de contemplarte, el amor a los hermanos, sobre todo a los afligidos, y el ardor por anunciarte al inicio de este siglo".

Buenos Aires, noviembre de 2006

ES LA HORA DE LOS LAICOS
Autor: Ángel Gutiérrez Sanz


"Estos días vengo escuchando algo que, en forma de halago se viene diciendo del cristianismo de nuestro tiempo y es esto: Los cristianos de hoy son contemporizadores, están aprendiendo a respetar a los demás, haciendo de sus creencias una cuestión privada y personal, no sacando a relucir sus creencias en público y esto les acredita como cristianos maduros. Yo no sé si esta imagen del cristianismo es cierta o no, pero si lo fuera, para mí no sería motivo de orgullo sino de vergüenza, porque un cristiano que renuncie a ser fermento del mundo, es porque está asustado, domesticado, acomplejado, o no entendido bien cual es su misión en el mundo de hoy."


La identidad del cristiano lleva implícito la de ser testigo de su fe. Las palabras de Jesucristo: "Vayan por todo el mundo a predicar el Evangelio" es una interpelación a todos los que nos consideramos seguidores suyos.. Tiempos hubo en los que por diversas circunstancias, que no son ahora del caso comentar, el apóstol, el misionero, el evangelizador, eran términos íntimamente asociados a los sacerdotes y religiosos. De una parte estaban los pastores constituidos en maestros, que proclamaban la palabra de Dios y de otra parte estaba la grey receptora de esa palabra.


A partir sobre todo del Concilio Vaticano II, hay otra visión y así como se ha ido llevando a la conciencia de los cristianos, que Iglesia somos todos los bautizados en Cristo, del mismo modo hemos de ir entendiendo, que la misión evangelizadora es una tarea que compete a todos los cristianos, también a nosotros los laicos y si me apuran un poco, es una misión que en las actuales circunstancias nos compete fundamentalmente a los laicos.


"La evangelización de los nuevos tiempos se hará por los laicos o no se hará". No es una frase mía, es una frase acuñada por el Episcopado español, que a mí personalmente me suena muy bien y la suscribo totalmente. Las razones son obvias, no solamente por la escasez de sacerdotes, en edades avanzadas, sino también porque los laicos tenemos acceso a unos ámbitos donde más necesario es el testimonio cristiano. Ya no es la Iglesia sino la calle, el lugar donde hay que hacer presente a Cristo en nuestra sociedad. Sí, ha llegado nuestra hora, ha llegado la hora de los laicos y de nosotros va a depender que en gran medida la tarea evangelizadora.

Conscientes de esta nuestra responsabilidad como cristianos, tendremos que comenzar a preguntarnos ¿cómo habrá de ser la nueva evangelización en los albores del siglo XXI y cómo habremos de llevarla a cabo? Naturalmente el mensaje evangélico en esencia no ha cambiado ni puede cambiar; sustancialmente siempre es el mismo y siempre habrá de seguir siéndolo. Esto hay que decirlo, pero también hay que decir que la obra evangelizadora, en cuanto obra humana, está sujeta a los tiempos y no puede ser la misma en el siglo XXI que la que llevaron a cabo los primeros cristianos, la que se llevó a cabo en la Edad Media, o la que se llevó a cabo en el descubrimiento de América. No puede ser la misma porque las circunstancias históricas han cambiado.

Vivimos en un mundo cambiante y complejo y tendremos que ajustarnos a sus exigencias. Es normal que entendamos que los nuevos signos de los tiempos nos marquen el nuevo talante de la evangelización.


Para saber cómo ha de ser la evangelización, nuestra evangelización, en el siglo XXI, tendremos que conocer las peculiares características de nuestra sociedad; tendremos que saber de sus necesidades y exigencias; tendremos que conocer las peculiaridades y características de los hombres de nuestro tiempo; tendremos que conocer cuáles son sus miedos y sus angustias. Por eso, antes de emprender nuestra tarea hemos de preguntarnos ¿cómo es la sociedad en la que nos ha tocado vivir y cómo son los hombres de esta sociedad?


Naturalmente tratar de hacer ahora una descripción exhaustiva de nuestra sociedad nos llevaría demasiado tiempo; por tanto me limitaré a señalar alguno de los rasgos que mejor pueda caracterizarla, en función del tema que nos ocupa y uno de estos rasgos, de nuestra sociedad occidental industrializada, no es otro que el que viene determinado por la ausencia de Dios. Nuestra sociedad ha dado la espalda a Dios, se ha olvidado de El.


En fechas no muy remotas, me estoy refiriendo al siglo XIX y gran parte del XX, de Dios siempre se hablaba y se hacía apasionadamente, bien fuera para afirmarle, bien fuera para negarle. Hasta para los ateos el tema de Dios era capital; así por ejemplo, la obra de Marx, o la obra de Nietzsche, no podían entenderse sin referencia a Dios ¿y qué decir de las ansias y el hambre de Dios, de un hombre supuestamente sin fe, como fue Unamuno? Ciertamente el tema de Dios en ninguna época histórica dejaba indiferente. Hoy sí, hoy nos deja fríos, no nos dice nada. El tema de Dios no apasiona; el tema de Dios en nuestra sociedad no interesa a casi nadie; hoy lo que interesan son otras cosas, demasiado triviales, por cierto. El hombre de hoy es el que dice que exista o no exista Dios es un problema suyo y es al propio Dios y no al hombre a quien debe importarle, la gente quiere que la dejen en paz, vivir su vida, ya tiene bastante con sus asuntos; ha aprendido a valerse por mí misma y no le necesito a Él para nada.

Esta es la situación actual y me pregunto ¿Por qué esta indiferencia?.....El hombre moderno ha logrado conquistas portentosas, que causarían asombro, no digo ya a los hombres que vivieron en la Edad Media, sino a los que fueron nuestros abuelos y lo más portentoso es lo que falta por venir. En un futuro próximo, que no va más allá de 40 ó 50 años vista, las conquistas que el hombre parece tener ya al alcance de la mano, en el campo de la Biología, de la Medicina, de la Astronomía, de la Comunicación, del Desarrollo Técnico, son sencillamente asombrosas. Ante este espectáculo maravilloso que nos brinda el hombre actual no hace falta ya, tener fe en esa verdad teológica que nos habla de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios; no hace falta tener fe en esta verdad teológica, porque resulta evidente. Lo difícil está siendo no sucumbir a la tentación de creerse un pequeño dios. Esta es la gran tragedia del hombre actual, que le ha llevado a la indiferencia de Dios y a todo lo que con Él se relaciona. Diré más. Este hombre es el que no quiere incluso que se hable públicamente de Dios, le molesta que se hable de El y trata de impedirlo. Ha desplegado y está desplegando un gran esfuerzo para que el cristianismo quede encerrado en las sacristías, que nuestras creencias pertenezcan a la esfera de lo privado; está tratando de que el mensaje evangélico no trascienda a la vida pública.

La atmósfera que nos envuelve está cargada de irreligiosidad y por todas partes se respira laicismo: El estado laico, la sociedad laica, la escuela pública laica, la familia, ¿qué decir de la familia? Se parte del convencimiento que el fenómeno religioso es una cuestión privada. Por desgracia éste es un sentimiento que empiezan a compartir muchos cristianos, al menos implícitamente. Son bastantes los que piensan que su fe han de vivirla de "puertas adentro"; que a Dios hay que llevarle en el corazón, pero que no hace falta ir manifestándolo al exterior. Podemos encontrarnos con cristianos en la política y en la vida pública, que dicen tener una acendrada fe personal y que luego en la práctica y cara al exterior actúan y gobiernan como si Dios no existiera. Este sería el principal obstáculo para la evangelización en nuestros días: caer en la trampa de considerar que nuestra fe es sólo un asunto personal y que pertenece a la esfera privada y este sería el gran triunfo de los enemigos del cristianismo, que los hay.


En estos días vengo escuchando algo que, en forma de halago se viene diciendo del cristianismo de nuestro tiempo y es esto: Los cristianos de hoy son contemporizadores, están aprendiendo a respetar a los demás, haciendo de sus creencias una cuestión privada y personal, no sacando a relucir sus creencias en público y esto les acredita como cristianos maduros.


Yo no sé si esta imagen del cristianismo es cierta o no, pero si lo fuera, para mí no sería motivo de orgullo sino de vergüenza, porque un cristiano que renuncie a ser fermento del mundo, es porque está asustado, domesticado, acomplejado, o no entendido bien cual es su misión en el mundo de hoy.


Entiendo que el cristiano comprometido ha de serlo a todas las horas del día. Ha de serlo en casa, en la Iglesia, en la calle y en su puesto de trabajo. El cristiano ha de serlo en toda su integridad, sin dobleces ni camuflajes, sin disociar sus creencias de su vida pública o su vida privada. Cristiano es el que toma en serio las palabras de Cristo, que nos invita a ser "luz del mundo y sal de la tierra". Si ya de entrada renunciamos a hacer una manifestación pública de nuestra fe ¿cómo puede ser posible la evangelización? Nadie me puede negar que el cristiano, cuando menos, tenga los mismos derechos de expresar sus convicciones que los que tratan de echarlos por tierra con críticas demoledoras o con burlas descaradas. Ciertamente no son estos cristianos de la doble personalidad y la doble moral los que el cristianismo está necesitando, sino de aquellos que hacen lo posible porque Cristo reine, no sólo en los corazones de los hombres sino en las familias, en la sociedad, en las naciones, en todos los pueblos, en el mundo entero.


Otro de los obstáculos que dificultan la nueva evangelización lo encontramos en el exceso de individualismo y personalismo. En unos tiempos de globalización, los cristianos hemos de comprender que en la defensa de nuestra fe no puede ser que cada cual vaya por su lado, sino que tenemos que trabajar juntos, superando los "guetos", las "capillitas" y los "grupitos"; que debemos mantenernos unidos en estos tiempos difíciles. Hemos de comprender, de una vez por todas, que lo que importa no es mi causa, ni la de mi parroquia, ni la de mi diócesis, ni la de mi orden, ni la de mi congregación, sino que lo que importa es la causa de Cristo. Si queremos ver una evangelización floreciente, los cristianos tenemos que estar unidos. De aquí se comprende el esfuerzo ecuménico que se está haciendo por parte de Roma. Todos los cristianos unidos, no sólo para llevar a cabo una evangelización eficiente, sino para hacerla creíble a los ojos de los demás. En estos tiempos de la unión europea, de pactos políticos y militares, fusiones entre los bancos, de bloques; en estos tiempos de globalizaciones ¿sería mucho pedir, que los cristianos remáramos todos en la misma dirección?

Estas y otras dificultades nos habremos de encontrar en nuestra tarea evangelizadora, pero podemos enfrentarnos a ellas, pues aparte del poderoso motivo que encontramos en las palabras de Cristo, existe otro motivo que nos puede ayudar a mantenernos firmes en nuestro propósito. Antes he hablado del portentoso poder del hombre actual, que cree ser como Dios. Hay no obstante un hecho irreversible que viene a demostrarle cada poco, que no es ningún dios, sino solamente un hombre y muy frágil por cierto. Este hecho es la realidad de la muerte, ante la que todas las seguridades se derrumban y los hombres se quedan sin palabras. Cuando el hombre ve la muerte de cerca, o es testigo de acontecimientos como los sucedidos el 11 de Septiembre, se da cuenta que no puede vivir sin un Dios que garantice unos horizontes de esperanza. La imagen desolada e impotente del poderoso presidente de los Estados Unidos, rogando y suplicando a Dios, lo dice todo. Jesucristo nos ha confiado a nosotros, cristianos del Siglo XXI, que llevemos este mensaje de esperanza, en una noche oscura, a unos hombres y a una sociedad que es la nuestra. Que nunca más se nos pueda echar en cara: "Ustedes cristianos, a los que se les confió la luz ¿Qué han hecho con ella?"

Cada cual sabrá que puede ir haciendo, a nivel personal, aunque sea muy poco, en su vida cotidiana, para poder llevar a cabo esta tarea evangelizadora.
Fuente:Católicos.org

EL PAPEL DEL LAICO EN EL MUNDO DE HOY

Puerto Iguazú, JUN 15 (AICA): El obispo de Puerto Iguazú, monseñor Joaquín Piña, dijo que “hoy estamos finalizando nuestra Asamblea Diocesana. Asamblea que decimos postsinodal, ya que, lo que se pretende es rememorar y poner al día esta experiencia tan linda que fue nuestro Sínodo”.
El prelado dijo que “por esto que nos hemos planteado, para esta Asamblea, cuáles son los desafíos a los que deberíamos responder en este momento. O dicho de otra manera, cómo llevar a la práctica esos ideales tan hermosos que planteábamos en el Sínodo”.
“Nos ha parecido que una asignatura pendiente era el papel del laico en la Iglesia y en el mundo. Comenzando por esta Iglesia doméstica, que es la familia. Toda la problemática familiar. La realidad familiar en este momento, por supuesto incluyendo esto que yo llamo familia que no son familias. Pero no podemos desconocer que existen (¿todavía?) y gracias a Dios, grandes valores en nuestras familias. Hay muchos jóvenes que sueñan con formar una familia ideal. ¿Qué es lo que se lo impide?”
El obispo de Iguazú dijo que “evidentemente que existen también grandes dificultades. Casi iba a decir un ataque sistemático a la familia. Incluso en algunos sectores del Gobierno, que promueven leyes anti-familia. Y en muchos medios de comunicación, que no ayudan nada. Y, sobre todo, esta realidad social que hemos vivido, y que vivimos, que ha obligado a tantas familias a disgregarse. Y nada digamos de este virus que lo invade todo, que es el secularismo, o lo que el actual papa, Benedicto XVI, dice el relativismo. El que todo vale. (Cuando todo vale, nada vale nada)”.
Al hacer referencia al papel del laico monseñor Piña dijo que “es tan importante el papel del laico, y no tanto, o no sólo al interior de la Iglesia, (tantos laicos que trabajan en la Catequesis, en Cáritas, en la Liturgia...) sino sobre todo de cara al mundo. Precisamos, -¡urgentemente!- de laicos que, con su testimonio de vida cristiana, puedan ser fermento en medio de este mundo descristianizado. Que se metan. Que influyan. A ver si terminamos con este mito, de que no hay que meterse en la política, porque la política es mala, es sucia. Está corrupta. Con este criterio, si los buenos, los honestos, se retiran de este campo, ¿qué es lo que logramos? ¿Dejarle la política al diablo? – preguntó -”
Finalmente el obispo de Iguazú dijo que “a ver si terminamos con esto, y empezamos a formar laicos más comprometidos con la realidad, lo social. Con el mundo. A esto apuntan las ‘Escuelas de Ciudadanía’ y de formación política, que gracias a Dios, se están multiplicando por todos lados; y que cada día despiertan más interés”. “Yo espero que esto sea uno de los frutos de nuestra Asamblea Post-sinodal. Y que quede bien claro que ésta es la Iglesia que queremos. Una Iglesia comprometida con los pobres, con la realidad. Para hacerlo presente a Jesús en medio de nuestro mundo”.

 

CONGRESO ARQUIDIOCESANO DE LAICOS EN SALTA

“Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”, tuvo como objetivo “crear un espacio de diálogo y participación que promueva la toma de conciencia y el compromiso del laico, como miembro de la Iglesia y constructor de una patria de hermanos”. El arzobispo de Salta, monseñor Mario Cargnello, instó en la misa de clausura a “comprometerse desde la condición de bautizados, y formarse de verdad en un cristianismo maduro, que vibra y vive desde la participación sacramental, y que transmite la enseñanza de Jesús”.


Salta, NOV 16 (AICA): Unas dos mil personas participaron del Congreso Arquidiocesano de Laicos que, con el lema “Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”, tuvo como objetivo “crear un espacio de diálogo y participación que promueva la toma de conciencia y el compromiso del laico, como miembro de la Iglesia y constructor de una patria de hermanos”.


Mensaje del Arzobispo
El arzobispo de Salta, monseñor Mario Cargnello, presidió la misa de clausura, en la que instó a “comprometerse desde la condición de bautizados, y formarse de verdad en un cristianismo maduro, que vibra y vive desde la participación sacramental, y que transmite la enseñanza y la presencia de Jesús”.
El prelado salteño explicó que el documento del Episcopado, difundido el último fin de semana, es una invitación a darnos cuenta de que vivir la Doctrina Social de la Iglesia no es una cosa menor. Es el Evangelio aplicado a la vida, y los grandes principios que forman como el fundamento de la vida social. Estos principios tienen que ser para nosotros un motivo de examen de conciencia y de confesión de mis pecados”.
“El respeto por la dignidad humana, que me convierte en un buscador del bien común, respetuoso del destino universal de los bienes, llamado a vivir la solidaridad, la participación y la subsidiaridad”, recordó.
Monseñor Cargnello destacó que “el compromiso social y político, exige tener claro estos cinco principios, que son el sustento, el fundamento y los cimientos; a ellos los acompañan los cuatro grandes valores que nos presenta la Doctrina Social de la Iglesia: la verdad, la libertad, la justicia y el amor”.
“El compromiso con la vida social, nos exige una formación, no sólo de la cabeza sino del corazón. No solos, sino con la esposa, con los hijos, con los amigos, con el club, con mi patria, para pensar un mundo mejor y proponerlo sin agresión, porque nuestra fortaleza está en la verdad que exponemos y en el amor con que la entregamos. En la Iglesia, en la política y en la sociedad: sal y luz”, concluyó.

Merece la pena
Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo del ingeniero Rodolfo Gallo, de la Comisión Organizadora, quien destacó la presencia de “nuestros hermanos del interior de la provincia” y alentó a los participantes a vivir “intensamente un momento especial en nuestra vida”.
“Los que estamos aquí reunidos somos privilegiados de poder compartir este momento, que debe servirnos para reflexionar sobre nuestra vocación de laicos para la cual todos hemos sido llamados, si estamos aquí es porque Él quiere, que respondamos a ese llamado. El llamado es una responsabilidad, un desafío para con nosotros mismos”, recordó el dirigente.
Gallo insistió en que “La Iglesia nos necesita hoy hermanos, más que nunca, necesita que regresemos a nuestros orígenes, a asumir nuestra responsabilidad de llevar la buena noticia a nuestro mundo, nuestro pequeño mundo de todos los días, el mundo que yo con mi acción puedo hacer mejor. Todos los laicos somos convocados a anunciar el Evangelio, a llevar la experiencia cristiana a todos los rincones de la sociedad y de la vida diaria”.
Tras señalar que el cristiano debe mostrar que “la forma de vida que propone es superadora de todas las formas de encarar la vida que presenta el mundo materialista, individualista y nihilista”, subrayó que el “mensaje es que la vida es positiva, merece la pena vivirse desde Cristo y por Cristo, como dice San Pablo: ‘Cristo es todo en todos, sepamos transmitir esa verdad’”.
No obstante, aclaró que “esta visión del mundo no implica negar ninguno de los problemas, ni miserias que acompañan la vida de los hombres, implica en cambio, cambiar la mirada sobre las cosas, entender que el destino del hombre está en manos de Dios y que nosotros somos instrumentos de su Voluntad, a la que adherimos libremente”.

Trabajo en grupos

Los laicos debatieron en grupos de trabajo los tres ejes del Congreso: “El Laico en la política”, “El laico en la Sociedad civil” y “El laico en la Iglesia”, cuyos resultados fueron leídos después en el Estadio Polideportivo DELMI.
Entre otros los temas se refirieron a la pobreza y la exclusión; al laico en la vida rural; a los niños, ancianos y personas con capacidades diferentes; al cristiano y la cultura; educación y valores; la cultura del trabajo; la vivencia de la fe en los jóvenes; el lugar de la mujer y del varón en la Iglesia; la opción preferencial por los pobres; la inculturación de la fe; la justicia; la necesidad de profundizar el conocimiento sobre Doctrina Social de la Iglesia; la responsabilidad ciudadana por el bien común; y la formación de dirigentes políticos cristianos.

EL PAPEL DE LOS LAICOS EN LA DEFENSA DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA

Carta pastoral de monseñor Rinaldo Bredice, obispo de Santa Rosa
(9 de julio de 2006, Clausura del V Encuentro Mundial
de las Familias)

Queridos hermanos y hermanas:

En 1917, cuando la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iría, les hizo saber a tres pastorcitos en Fátima, cosas que ellos tardarían en comprender, como aquello de que “Rusia esparcirá sus errores por el mundo”. No sabían ni que era Rusia.

Pero la Virgen sabía que en 1884, en su libro “El Origen de la Familia, la Propiedad y el Estado”, un pensador alemán, Frederick Engels, había propuesto la destrucción de la familia en las bases del comunismo.

Y al tomar el poder los socialistas, el Estado asumió en Rusia la educación de los chicos pasando por encima de los padres, implantaron el divorcio, el aborto, se apoderaron de la base económica de la familia, todo en nombre de la lucha de clases, etc., etc.

Ochenta y nueve años después el socialismo marxista parece haber cesado en Rusia. Pero si escuchamos lo que el Santo Padre dijo a los presidentes de las Comisiones Episcopales para la familia y la vida de América Latina el 3 de diciembre último, veremos que no ha cesado la difusión de esos errores prevista por Nuestra Señora de Fátima:

Quiero agradecer, de modo especial, vuestra solicitud pastoral en el intento por salvaguardar los valores fundamentales del matrimonio y de la familia, amenazados por el fenómeno actual de la secularización, que impide a la conciencia social llegar a descubrir adecuadamente la identidad y misión de la institución familiar, y últimamente por la presión de leyes injustas que desconocen los derechos fundamentales de la misma. (...).

También en el ámbito de la vida están surgiendo nuevos planteamientos, que ponen en tela de juicio este derecho fundamental. Como consecuencia, se facilita la eliminación del embrión o su uso arbitrario en aras del progreso de la ciencia que, al no reconocer sus propios límites y no aceptar todos los principios morales que permiten salvaguardar la dignidad de la persona, se convierte en una amenaza para el ser humano mismo, quedando reducido a un objeto o a un mero instrumento. Cuando se llega a estos niveles se resiente la misma sociedad y se estremecen sus fundamentos con toda clase de riesgos.

En América Latina, como en todas partes, los hijos tienen el derecho de nacer y crecer en el seno de una familia fundada sobre el matrimonio, donde los padres sean los primeros educadores de la fe de sus hijos, y éstos puedan alcanzar su plena madurez humana y espiritual.

Verdaderamente, los hijos son la mayor riqueza y el bien más preciado de la familia. Por eso es necesario ayudar a todas las personas a tomar conciencia del mal intrínseco del crimen del aborto que, al atentar contra la vida humana en su inicio, es también una agresión contra la sociedad misma. De ahí que los políticos y legisladores, como servidores del bien social, tienen el deber de defender el derecho fundamental a la vida, fruto del amor de Dios (...).

El futuro de nuestra Argentina se fragua en la Familia.

Si observamos la realidad de nuestro país con los ojos de la Fe, veremos como se llevan a cabo todos y cada uno de los ataques a la familia que indica el Santo Padre.

Los medios de comunicación

Tenemos, como fondo de cuadro, una des-educación continua a través de los medios de comunicación, los cuales no hacen más que denigrar a los esposos fieles, a los padres dedicados, a las personas simplemente correctas, acostumbrando con el adulterio, el concubinato y cualquier relación extramatrimonial escudada en el romanticismo más tonto, a generaciones enteras de telespectadores.

¿Qué imagen se inculca? Todo lo contrario de familia, la sede de la honra, como el propio Dios quiso cuando mandó a los hijos no sólo amar sino “honrar padre y madre” y, en consecuencia, a los padres ser dignos de honra (1).

¡Y qué gigantesco “ensuciado” cerebral se hace cuando los hijos tienen méritos al ser transgresores!

Una legislación antifamiliar

Además del ensañamiento antifamiliar que manifiesta nuestro macrocapitalismo publicitario, recae una legislación que encima de implantar el divorcio pretende injustamente igualar la familia a otras articulaciones entre personas.

Observemos que el matrimonio es una institución decisiva e insustituible para el bien común de los pueblos. La situación legal del matrimonio –unión de un varón y una mujer– así como los privilegios que le son propios, constituye, desde el punto de vista sociológico, el reconocimiento a la inconmensurable contribución que el estado conyugal hace a la sociedad, en particular al dar la vida a nuevas generaciones que la familia educa e integra en sociedad.

Cuando para no comprometerse, el hombre y la mujer, se niegan a dar forma jurídica y pública a un vínculo que implica la intimidad sexual –tal vez por falta de confianza en el otro, o en sí mismo, o en el porvenir, o por incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo– crean simplemente una situación de hecho que se llama concubinato.

Así como otra situación de hecho es la relación de dos hombres o dos mujeres que experimenten una atracción exclusiva o predominante hacia personas del mismo sexo –cerrándose al don de la vida y que no procede de una verdadera complementariedad afectiva y sexual– lo que lógicamente no puede equipararse con el vínculo de familia, basado en la unión conyugal la cual hunde sus raíces precisamente en ese complemento natural que existe entre el hombre y la mujer.

Esas cosas acá no pasan nunca...

Y porque siempre hay quienes piensan que esas cosas acá no pasan nunca... tengo que recalcar no sólo la legislación proyectada sino la que está vigente, porque ya existe en la Capital Federal y se proyecta a nivel nacional una injusta equiparación entre el matrimonio y la unión entre personas del mismo sexo.

La familia, fundada en el matrimonio, constituye un “patrimonio de la humanidad”, una institución social fundamental; es la célula vital y el pilar de la sociedad y esto afecta tanto a creyentes como a no creyentes. Es una realidad por la que todos los Estados deben tener la máxima consideración, pues, como solía repetir Juan Pablo II, “el futuro de la humanidad se fragua en la familia” (2), dijo el Santo Padre este sábado 13 de mayo de 2006, aniversario de la primera aparición en Fátima.

¿El embrión es “qué” o es “quién”?

Para no caer en los enredos con que nos quieren confundir hay que enfrentar una pregunta fundamental: eso que se gesta en las entrañas de la mujer ¿es qué o es quién? ¿El embrión es un quiste, es un cáncer o es un ser humano?

Y resulta provechoso que la respuesta la de, en primer lugar, la biología. Esto porque, como no existen dos verdades, no puede alegarse oposición entre Fe y Ciencia, entre Cultura y Ciencia. Cuando la Biología nos aclare, el Obispo hará su apreciación teológica y moral, y el abogado su encuadramiento jurídico, y también el sociólogo, etc., etc.

Así pues, a la luz de los logros más recientes, la biología –y en particular la embriología– ya reconoce universalmente que el momento que marca el inicio de la existencia de un nuevo “ser humano” está constituido por la penetración del espermatozoide en el oocito (3).

Si sobre esos logros de la embriología moderna aplicamos los criterios de la interpretación filosófico-antropológica y religiosa, podremos percibir los grandes valores que todo ser humano, aunque sea en la fase embrional, expresa y lleva consigo.

Y, por consiguiente, afrontar la cuestión fundamental del status moral del embrión tomando en cuenta criterios “intrínsecos” al embrión mismo, en vez de aducir razones fundadas en criterios “extrínsecos” (es decir, partiendo de factores externos al embrión mismo), modo de proceder que no es idóneo dado que todo posible juicio acabaría por basarse en elementos totalmente convencionales y arbitrarios.

¿Asesinato prenatal o Interrupción del embarazo?

Repitamos con la embriología: la penetración del espermatozoide en el oocito marca el inicio de la existencia de un nuevo ser que: a) es de la especie humana; b) es un ser individual; c) y es un ser que posee en sí la finalidad de desarrollarse en cuanto persona humana y a la vez la capacidad intrínseca de realizar ese desarrollo.

Precisamente a partir de los datos biológicos, no existe ninguna razón significativa que lleve a negar que ya en esta fase el embrión es persona. Y en apoyo de esta posición, la enseñanza de la Iglesia sobre la animación inmediata, aplicada a todo ser humano que viene a la existencia, resulta plenamente coherente con su realidad biológica: “Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente”, dice el Salmo (Sl 139, 13-14), refiriéndose a la intervención directa de Dios en la creación del alma de todo nuevo ser humano.

Consecuencias lógicas ineludibles

Desde el punto de vista del derecho y la moral, el simple hecho de estar en presencia de un ser humano (y sería suficiente incluso la duda de encontrarse en su presencia) exige en relación a él el pleno respeto de su integridad y dignidad: todo comportamiento que de algún modo pueda constituir una amenaza o una ofensa a sus derechos fundamentales –el primero de los cuales es el derecho a la vida– ha de considerarse gravemente inmoral e ilícito, un pecado que clama a Dios por venganza.

Para amar la posición que nos enseña la Santa Madre Iglesia es importante tener en claro un punto: ese quien que está protegido en el vientre de la mujer, tiene la misma dignidad que su madre y su padre; y los mismos derechos fundamentales. Quemarlo químicamente, impedir su implantación con bombardeos hormonales o alambres instalados en el nidito que la naturaleza le prepara, expelerlo con fármacos violentos o descuartizarlo para arrancar los pedazos, eso que es el aborto, constituye una crueldad asesina más grave aún de lo que sería cometer iguales atrocidades con sus padres.

Así comprendemos que al tratar de los delitos contra la vida y la libertad del hombre, la Iglesia determina en el Canon 1398 del Derecho Canónico que quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae, es decir, automáticamente, y reserva su absolución al Obispo o un sacerdote delegado.

Arrancar a la criatura del vientre de su madre o impedir la anidación

Para que quede en la memoria, reiteremos que es un asesinato intrauterino no solamente arrancar a la criatura del vientre de su madre, sino todas los procedimientos conducentes a impedir la anidación como, por ejemplo, los dispositivos intrauterinos (DIU) que mecánica (y a veces también hormonalmente) provocan una inflamación crónica, que impide la implantación del embrión; o todas las drogas presentadas como anticonceptivos pero que trastornan la motilidad de las trompas, o modifican el desarrollo del endometrio e impiden la anidación, horroroso ejemplo de los cuales son las inyecciones trimestrales “de depósito” como el acetato de nextroxiprogesterona, o los implantes subcutáneos. Todos ellos tan asesinos prenatales como los tóxicos RU 846 o “píldora del día después”, un verdadero pesticida humano que actúa separando poco a poco el embrión de la madre y lo mata lenta e inexorablemente, o las prostaglandinas vendidas perversamente como antiulceroso y que provocan la expulsión del niño por nacer.

Esta reiteración se hace necesaria porque con toda desfachatez se distribuyen en nuestra Diócesis esos preparados funestos, se los difunde en donde se debería promover la vida, y hasta se pretende recomendarlos a los adolescentes por medio de inicuos programas enmascarados como de salud reproductiva o iniciación en el desorden sexual.

Definida política antifamiliar

Basta recorrer la lista de Proyectos de Ley en curso en el país, para ver hasta donde se pretende llegar en materia de destrucción de la familia: violación de la patria potestad con la adoctrinamiento obligatoria de todos los menores en una nueva moral «sexual» determinada por el partido gobernante; esterilización a pedido en la red de salud pública que no da abasto para cumplir el papel para el que fue creada; modificar la posición de la Argentina en las Naciones Unidas, para reconocer «derechos» a los desvíos en sexualidad; insistencia del Poder Ejecutivo sobre el Senado para la ratificación del Protocolo Opcional de la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), protocolo que –además de violar nuestra soberanía al exponernos a toda suerte de presiones para “promover cambios en la legislación y la práctica nacionales”– considera específicamente en su Preámbulo la penalización del aborto como una discriminación «de los derechos humanos de la mujer»; y el Decreto «Hacia un Plan Nacional contra la Discriminación» –calificado por la Corporación de Abogados Católicos como «un plan maestro» contra la familia, que fija, entre múltiples objetivos, «garantizar ... la defensa y promoción de los derechos de las personas con diferente orientación sexual e identidad de género» retórica que esconde una ya identificada ideología antinatural, anticatólica y atea que busca «desconstruir» –o sea, reformular– la familia y, por ella, a la sociedad misma.

Nada en cambio para favorecer a la familia en un sentido positivo como, por ejemplo: reintegros a las familias numerosas en materia de gastos educativos, de alquileres y servicios, reducciones impositivas cuando mantienen en el hogar a sus personas mayores... todo lo contrario, parecería que se pretende impedir una sana prosperidad persiguiéndola con cargas impositivas que inhiben la formación de sólidos patrimonios familiares, expresión tangible del amor de los padres por sus hijos, y ámbito de los hijos alrededor del núcleo familiar.

Ante la “ desconstrucción”, o mejor
dicho, ante la destrucción de la sociedad...

La cuestión interpela a cada uno, y especialmente a quien “por Gracia de Dios y de la Santa Sede” debe responder como Pastor, un Pastor que encara la “desconstrucción”, o mejor dicho, la destrucción de la sociedad... problemática definida como secular pero que mina desde sus cimientos a la Iglesia doméstica, base de la educación en la Fe y cuna del amor a Dios y al prójimo.

Justamente en el Directorio para el Ministerio Pastoral APOSTOLORUM SUCCESSORES, se nos precisa a los Obispos nuestro deber de despertar en los fieles laicos el sentido de su vocación cristiana, como piedras vivas de la Iglesia, que por el Bautismo y la Confirmación participan de la vocación universal a la misión apostólica.

Recae –leemos en Apostolorum Successores– sobre los laicos el peso y el honor de difundir el mensaje cristiano, con el ejemplo y la palabra, en los diversos ámbitos y relaciones humanas en que se desenvuelve su vida: la familia, las relaciones de amistad y de trabajo, el variado mundo asociativo secular, la cultura, la política, etc. Esta misión laical no es sólo una cuestión de eficacia apostólica, sino un deber y un derecho fundado en la dignidad bautismal.

La característica peculiar de vida que distingue a los fieles laicos (sin separarlos de los sacerdotes y de los religiosos) es la secularidad, que se expresa en el “tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios”, de modo tal que las actividades seculares sean ámbito de ejercicio de la misión cristiana y medio de santificación.

Y determina la Apostolorum Successores: “El Obispo promueva la colaboración entre los fieles laicos a fin de que juntos inscriban la ley divina en la construcción de la ciudad terrena”. Es este el mensaje de nuestra Pastoral.

Defensa de la familia: papel de los laicos
en la evangelización de la cultura

Aprovechando sus precisiones, seguimos extrayendo del Directorio para los Obispos, que para la construcción del orden temporal según el orden querido por Dios, los fieles laicos, inmersos como están en todas las actividades seculares, tienen un papel importante en la evangelización de la cultura desde dentro, recomponiendo así la fractura, que se advierte en nuestros días, entre cultura y Evangelio.

Entre los sectores que tienen mayormente necesidad de la sensibilidad del Obispo para con la específica contribución de los laicos, emergen:

a) La promoción del justo orden social que ponga en práctica los principios de la doctrina social de la Iglesia. Especialmente quienes se ocupan de modo profesional de dicho ámbito deben ser capaces de dar una respuesta cristiana a los problemas más íntimamente ligados al bien de la persona, como: las cuestiones de bioética (respeto de la vida del embrión y del moribundo); la defensa del matrimonio y de la familia, de cuya salud depende la misma humanización del hombre y de la sociedad; la libertad educativa y cultural; (...) b) La participación en la política, a la que los laicos renuncian a veces, movidos quizás por el desprecio del arribismo, la idolatría del poder, la corrupción de determinados personajes políticos o la extendida opinión de que la política es un lugar de inevitable peligro moral (4). Esta es, en cambio, un servicio primario e importante a la sociedad, al propio país y a la Iglesia, y es una forma eminente de caridad para con el prójimo. (...) Cuando la acción política se confronta con principios morales fundamentales que no admiten derogación, excepción o compromiso alguno, el empeño de los católicos resulta más evidente y pleno de responsabilidad, porque ante tales exigencias éticas fundamentales e irrenunciables está en juego la esencia del orden moral, que atañe al bien integral de la persona. Es el caso de las leyes civiles en materia de aborto, de eutanasia, de protección del embrión humano, de promoción y tutela de la familia fundada sobre el matrimonio monógamo entre personas de sexo diverso y protegida en su estabilidad y unidad, en la libertad de educación de los hijos por parte de los padres, de las leyes que tutelan socialmente a los menores y liberan a las personas de las modernas formas de esclavitud, así como las leyes que promueven una economía al servicio de la persona, la paz y la libertad religiosa individual y colectiva. En estos casos, los católicos tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad de todos por ella, y para tutelar la existencia y el porvenir de los pueblos en la formación de la cultura y de los comportamientos sociales. Los católicos empeñados en las Asambleas legislativas tienen la concreta obligación de oponerse a cualquier ley que atente contra la vida humana.(...) c) Corresponde también a los laicos la evangelización de los centros de difusión cultural, como escuelas y universidades, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de creación artística y de reflexión humanística, y los instrumentos de comunicación social, que hay que dirigir rectamente, de modo que contribuyan al mejoramiento de la misma cultura (5). d) Comportándose como ciudadanos a todos los efectos, los laicos deben saber defender la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su propio fin, no sólo como enunciado teórico, sino también respetando y apreciando la gran ayuda que ella presta al justo orden social. Esto comporta, en particular, la libertad de asociación y la defensa del derecho a impartir la enseñanza según los principios católicos.

No nos disculpamos de lo extenso de la transcripción porque coincide con lo que nuestra Diócesis –y no dudamos en afirmar que todo el país– precisa en este momento: “Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. ¿No es esto lo que los Pastores, y todos cuantos hemos recibido el Sacramento del Orden, debemos incentivar en los fieles laicos?

Resistir la embestida de la descristianización

Pero no caigamos –nosotros mismos– en el ingrato repudio hacia todo lo sobrenatural con el que nos pretende desplazar el laicismo contemporáneo.

Si en Fátima, nuestra Madre celestial advirtió sobre la diseminación de estos errores, también dijo que venía a traer a la tierra la devoción a su Corazón Inmaculado.

Comencemos ahí mismo. Consagremos nuestras familias al Inmaculado y Sapiencial Corazón de María Santísima y al Sagrado Corazón de Jesús.

Recemos en familia:

¡Oh María Santísima!, reconocemos a Jesucristo como Rey del Universo y a Vos como Reina y Señora de todo lo creado.

Ejerced sobre nosotros todos vuestros derechos.

Renovamos nuestras promesas del bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y sus obras.

De modo especial nos proponemos utilizar todos los recursos a nuestro alcance para hacer triunfar los derechos de Dios, de la Santa Iglesia y de la sagrada institución de la familia.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús!, ¡oh Sapiencial e Inmaculado Corazón de María!, nosotros os ofrecemos nuestras pobres acciones para que los hombres reconozcan vuestra realeza y el Reino de vuestra paz -que prometisteis en Fátima- se establezca en todo el universo. Así sea.

También en Fátima, en la aparición del 13 de octubre de 1917, los tres pastorcitos vieron al lado del sol a San José con el Niño Jesús y junto Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia, modelo de virtudes domésticas en la cual deben inspirarse todas las familias cristianas para robustecerse, asentadas sobre la pureza de costumbres y la Fe, y así contribuir decisivamente a regenerar la sociedad toda.

Es por ello que, siguiendo al gran Obispo San Antonio María Claret, quien instruía a sus fieles: “A Dios rezando y con el mazo, dando”, los exhorto a resistir la embestida de la descristianización hablando, despertando a los otros, interviniendo, poniéndonos a disposición de quienes ya se empeñan, peticionando a las autoridades, haciendo oír nuestra voz que es la de muchos y tiene la fuerza de aquello que el propio Nuestro Señor nos enseñó a pedir:“Venga a nosotros Tu Reino”.

Para concluir, deseamos hacer nuestras palabras que el Santo Padre Benedicto XVI pronunció al final del rezo del Vía Crucis en el Coliseo, el Viernes Santo 14 de abril de 2006: “ ...En la cruz de Cristo hoy hemos visto el sufrimiento de los niños abandonados, de los niños víctimas de abusos; las amenazas contra la familia; ... así hemos comprendido que el vía crucis no es algo del pasado y de un lugar determinado de la tierra. La cruz del Señor abraza al mundo entero; su vía crucis atraviesa los continentes y los tiempos. En el vía crucis no podemos limitarnos a ser espectadores. Estamos implicados también nosotros; por eso, debemos buscar nuestro lugar. ¿Dónde estamos nosotros?

En el vía crucis no se puede ser neutral. Pilatos, el intelectual escéptico, trató de ser neutral, de quedar al margen; pero, precisamente así, se puso contra la justicia, por el conformismo de su carrera.

Debemos buscar nuestro lugar. ... Hemos comprendido que el vía crucis no es simplemente una colección de las cosas oscuras y tristes del mundo.

... El vía crucis es el camino de la misericordia, y de la misericordia que pone el límite al mal... Pidamos al Señor que nos ayude, que nos ayude a ser “contagiados” por su misericordia. Pidamos a la santa Madre de Jesús, la Madre de la misericordia, que también nosotros seamos hombres y mujeres de la misericordia, para contribuir así a la salvación del mundo, a la salvación de las criaturas, para ser hombres y mujeres de Dios. Amén.”

Agrego una súplica a Santa Rosa, Patrona de la Diócesis, que nos bendiga y a la Santísima Virgen que, cuanto antes, se cumpla la maternal promesa hecha en Fátima: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

9 de Julio de 2006, Clausura del V Encuentro Mundial de las Familias

Mons. Rinaldo Fidel Brédice, obispo de Santa Rosa

Notas

[1] Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años sobre la tierra que te ha de dar el Señor Dios tuyo Ex 20 12

[2] Cfr. Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, Sábado 13 de mayo de 2006

[3] Pontificia Academia para la Vida; Declaración final de la XII Asamblea General

[4] Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 42.

[5] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 37; Exhortación Apostólica postsinodal Christifidelis laici, 44; Pablo VI, Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii Nuntiandi, 20.


Fuente:AICA Documentos


 


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