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La eucaristía nos alimenta para la Vida Eterna, nos da la fuerza que necesitamos para ser santos día a día.
La eucaristía es el corazón de la vida de la Iglesia.
La eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo: actualiza el sacrificio de Jesús en la cruz.
La eucaristía es un banquete, es la memoria de la última cena de Jesús con sus apóstoles y nos anuncia el banquete del cielo.
La eucaristía es una fiesta porque celebramos la resurrección de Jesús.
La eucaristía realiza la «comunión de los santos» porque nos une a todos los santos y a la Virgen María, que ya están en el cielo.
En cada misa, Jesús sigue ofreciéndose con amor al Padre como lo hizo en la cruz.
En cada misa, Jesús sigue dando su vida por nosotros y por nuestros pecados.
En cada misa, Jesús nos une a su ofrenda al Padre.
En cada misa, Cristo está presente realmente bajo las especies del pan y del vino, y se ofrece a nosotros como alimento para la vida eterna.
¿Qué es la transubstanciación? Es el milagro por el cual el pan y el vino se convierten en el cuerpo y en la sangre de Jesús.
¿Sabés lo que pasa en tu corazón cada vez que te acercás a comulgar?

  • Te unís íntimamente a Jesús, ya que Él viene a «habitar en tu corazón».
  • Te unís íntimamente a toda la Iglesia, a todos los que comen del mismo pan, haciéndote un mismo Cuerpo con todos.
  • Te separás del pecado, recibiendo la fuerza para vencer a la tentación y para no pecar más.
  • Comenzás a gustar de la vida eterna, sos colmado de gracia y de bendición.

Los signos de la eucaristía son el pan y el vino, que se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús por la acción del Espíritu Santo y por las palabras que el sacerdote dice en el momento de la consagración: «Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo»; «Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre».